…Y sucede que el niño creció, se hizo hombre, y con ello también su carne comenzó a despertar. Deseos extraños lo asaltaban por las noches, recorría su piel un sudor indescifrable y una voz imperativa que susurraba en sus oídos: “¡Entrégate, porque eres mío!"
Al principio lo creyó sólo sueño, alucinación producto del sopor y la fatiga por el arduo trabajo de todos los días. Había aprendido el oficio del padre y la serenidad de la que ahora, en ocasiones, veía más allá que una simple madre. Y en realidad, gracias a ésta, se desencadenó la tragedia…
Todo a partir de un banal accidente: mientras cortaba un madero, con el que haría por encargo una mesa, se enterró en el dedo índice de la mano izquierda una gran astilla. El grito fue enérgico e inmenso su dolor, al escucharlo su madre acongojada acudió a su encuentro y al ver aquella sangre santa que escurría decidió mamar entre sus labios carnosos para curar la herida. Tan profundo fue el placer del acto que él cerró los ojos y, por vez primera, observó en su mente la ingrata presencia del apetito lúbrico: la claridad y rigidez entre las piernas; mas al saberse en pecado mortal escapó, ante la atónita mirada de su progenitora, como un lobo lesionado por la flecha, corrió hasta quedarse sin fuerzas, huyó hasta dejar atrás la ciudad y buscó cobijo en el desierto bajo el sol candente que abrasaba y enrojecía su dermis.
Una vez estando ahí se entregó a la abstracción y a la plegaria.
-Elohim. Elí. Adonai.
De mil formas llamó a su dios, a aquél que otras tantas ocasiones había prescrito órdenes y prodigios en su cabeza… No le halló.
-¡Elohim! ¡Elí! ¡Adonai! ¿Lama sabactani?- bramó hasta la desesperación, pero éste jamás hizo presencia. Parecía como si su dios lo hubiese abandonado para siempre.
Conocedor de su infortunio trazó un símbolo en la tierra, aquélla efigie siniestra aprendida durante su instrucción de los antiguos misterios en la Heliópolis a través de los sacramentos conferidos por su Hierofante iniciador; aquél emblema usado y burilado también en las Clavículas del sabio Salomón, al que sólo se accede tras años de práctica y esfuerzo; ese que sólo es conocido por los elegidos, pues permite el dominio del mundo de los demonios.
Y pasaron las noches y los días hasta volverse insoportable la espera. Noctívagos seres, animales de carroña, se acercaban constantemente olfateando su aparente miedo, aspirando su agobio transmutado en ira; atraídos por el mejor de los engaños, justo igual al insecto alado que es conducido hasta el núcleo de la planta carnívora que de pronto cierra sus fauces de hoja para devorar a su víctima; los acercó, hasta que fue inevitable para ellos. Sólo él lo supo y como otras tantas verdades en su vida decidió velarlo en el silencio.
Pero fue ahí, en el erial, ante la insolación y la enfermedad de haber probado al animal, donde por fin se aventuró también a desafiar y a renegar de su dios y de su supuesta misión en el mundo, de esa gestión que aún tenía pendiente y que durante años le fuese inculcada y aprendida por medio de la observación del mundo fenoménico, de los designios astrales, del estudio de las letras. O mejor dicho, fue allí donde discernió el trasfondo, la Verdad velada durante centurias.
Lo mismo ratas que víboras, felinos o gacelas sirvieron para embriagarle, para llenarle aquella boca de sangre caliente, como la leche de la cabra que recién ha sido ordeñada, como el néctar excitante de un fruto desconocido; como el vino perfecto de la uva más fina… sangre… sangre… carne y sangre.
Y bajo la luna agonizante del trigésimo tercer día oyó a lo lejos pasos.
Miró hacia atrás por encima de sus hombros, se hallaba en cuclillas chupando lo último que quedaba de la yugular de un lobo que no hacía más de dos horas comenzara a desmembrar con sus propias manos; la luna parecía de sangre, roja y muerta, suspendida en el vil horizonte negro como contemplándolo todo, como un ojo enfermo de morbo que sólo sabe mirar las calamidades del planeta. Llegó de pronto, siseando igual que una culebra, arrastrando las piernas, levantando el polvo de la tierra que, no obstante al mirarlo más de cerca, parecía no tocar. Era espectacularmente alto, en la diestra portaba una especie de báculo rematado con la cabeza de un buey dorado y en la izquierda una corona de espinas recién elaborada. Se veía como si el paso de todos los siglos descansara sobre su ancha espalda. Le cubría una túnica del más insondable negro que le tapaba hasta el cráneo, sólo se podían apreciar sus pies, que eran igualmente descomunales y deformes, al igual que las manos de las que brotaban unas largas uñas afiladas y fuliginosas.
-Me habéis llamado y vengo a conocer el por qué- dijo con una voz que no era de este mundo. Al respirar emitía un ligero, pero perceptible, ronquido, como un hombre enfermo, como un ser que tiene los pulmones muertos y la inercia de seguir llenándolos de aire.
Y entonces, igual que cuando se despierta de un trance o de un sueño muy largo, se puso de pie y lo miró a los ojos, escarlatas como esos amaneceres turbios violentados por el sol e indagó -¿Quién sois espectro, por qué venís a perturbar mi dolor?
-¿Dolor, qué dolores puede padecer el Hijo?- Profirió el ente que ahora parecía aún más atroz. -He venido porque vuestras manos han trazado sobre suelo sagrado el emblema de Caín, el que sólo se da de boca a oído, el que diera el primero de los fundadores de metal al sacerdote; a nuestro sumo pontífice Hiram durante el sueño, antes de que sus asesinos le sorprendiesen en el Templo: Abiff, el primero de la estirpe. Estoy aquí para culminar la transición. Habréis de dar el siguiente paso para poder soportar lo que viene, lo sabéis… es… la única manera.
Descubriéndose el horrendo rostro lleno de venas que parecían sanguijuelas azuzadas abrió la boca como si fuese a tragarle por completo y Él, el Maestro, el Rabí, dejó que le clavase aquel par de filosos colmillos en el cuello.
El Hijo del Hombre miró en el acto todos los tiempos, los pasados y los venideros. Se le reveló el futuro horrible de la especie humana y resolvió que su muerte no traería paz sino guerra, hambre, peste; vio venir del inframundo a los jinetes del Apocalipsis, cabalgando sus corceles de furia y devastando a la Tierra en un pestañeo. Comprendió de tajo que sólo así podría cumplir los designios divinos, las intenciones del Padre: crear una especie única y hermosa, que desde este mundo se concibiera en la armonía y en la eternidad, prefiriendo sólo a unos cuantos, a aquellos que profundizaran y entendieran los antiguos sacramentos… una nueva raza estaba por nacer, la que vendría de su cuerpo.
Así terminó la expiación, que por otra parte le entregó la plenitud de la fruición. El cansancio de los días anteriores desapareció en cuanto abrió los ojos. Se sentía como nunca, como si mil hombres habitaran en él, como si una fuerza sorprendente y arcaica le hubiese sido depositada. Sentía igualmente el correr de su propia sangre, ahora transmutada en un líquido perpetuo del cual comenzaría a dar de beber muy pronto.
Habrían pasado cuarenta días cuando decidió volver. Los recuerdos se hallaban distantes, era como si un hombre nuevo le hubiese nacido internamente, pero recordaba algunas cosas, las más precisas para proseguir. Rememoraba nombres, rostros, fechas, datos cruciales.
-¿De qué habrá vivido todo este tiempo?- Se preguntaba la gente tras su regreso. Y con una sonrisa en la boca, aún saboreando con su lengua los dientes por dentro, respondía: “No sólo de pan vive el hombre”.
Los escribas de esos mismos períodos fueron los encargados de tergiversarlo todo, o mejor dicho, de envolverlo bajo el manto de una historia superficial, simulada en el prodigio de lo que en verdad contiene. Dicho dietario es como una puerta: sólo quien posee las llaves puede abrirla y conocer lo que existe más allá del umbral.
Muchas son las divergencias, mas permiten al estudioso quebrantar los goznes de los auténticos primeros milagros.
Fue por esos mismos tiempos, tras su retorno del yermo, cuando llegó hasta él la noticia. Su amigo Lázaro se hallaba en el lecho de la muerte, no obstante dijo al emisario enviado para enterarle de la malaventura que volviera y dijera a sus hermanas que no moriría, que habría pronto de alcanzar la gloria. Esa promesa hizo añicos la esperanza de quienes lo rodeaban escuchando como siempre su palabra, cada vez más enigmática, y esperando sus portentos. Se encontraba lejos del pueblo de Lázaro y tanto discípulos como gente ajena a su círculo más íntimo comenzaron a dudar. Algunos le aconsejaban que volviera para ver a su conocido antes de que culminara su existencia, pero no fue así. Dejó que pasaran dos días más. Y cuando por fin llamó a su grupo para partir pensaron que la locura le había ya deteriorado: -Vamos a Betania- ordenó. Los apóstoles sabían que cerca del lugar de origen de Lázaro se hallaba Jerusalén, pueblo donde antes habían intentado lapidar al ayo por sus doctrinas.
-Iremos hasta allí para levantarle.
La escena de Martha, hermana de Lázaro, corriendo hasta su encuentro es per se conocida; no obstante, se ha ocultado lo que pasó en realidad al llegar al sepulcro donde yacía el inerte cuerpo de su hermano, apestando una defunción de cuatro días.
El Rabí mandó quitar la gran piedra que cubría la entrada de la sepultura y entrando en la caverna obscura dejó que sus ojos se acostumbraran a la nueva fosforescencia, gracias al desarrollo de su visión nocturna pudo observarlo todo con detenimiento. Un bulto permanecía sobre la fría piedra, cubierto de pies a cabeza, amortajado según las tradiciones para el descanso de la inexistencia. -Lázaro- susurró apenas en su oído separando las vendas de la testa; con su lengua sedienta palpó su glacial oreja. -He venido a despertaros del sueño, amigo mío, porque sois también parte del propósito, para vos tengo ya otra misión… Siempre habéis sido uno de mis elegidos, para cumplir con la Obra, para regar el Fruto sobre el campo infértil de la desgracia que nos acecha. Lázaro… ¡Lázaro… hermano mío! Os daré la vida eterna.
Clavó los dientes como navajas en la carne muerta y dejó manar por su garganta aquel fluido fresco bien conservado por la humedad y la falta de luz.
Un instante después se apareció en la abertura, comenzaba a caer la tarde, levantando los brazos al cielo exclamó: -¡Lázaro, por órdenes de mi Padre y por mi conducto, levantaos y venid, volved del Valle de las Sombras!
Se hizo el silencio.
Al principio nadie podía creer lo que veía, una imagen harapienta se posó a la salida del mausoleo. Era él, quien estuviera por días muerto ahora se restauraba. Nadie notó tampoco las huellas en el cuello. Amarrados los pies, con un paso lento y torpe fue abrazado por María y Martha, las amadas del Nazareno.
La figura de Lázaro se perdió en los rincones más obscuros de los lapsos.
Fue popular tiempo después, sobre todo en los Países Bajos, con muchos nombres, destacando el de Vurdalak.
Asimismo son “conocidos” los conflictos que persiguieron al Maestro después de este pasaje, pero es necesario hacer un paréntesis en la llamada “Última Cena”; la eucaristía del comienzo. Ahí fue, donde reuniendo a sus aprendices (incluyendo a su mujer Mágdala), se abrió ante ellos las venas y vertiendo su sangre en el receptáculo sagrado dijo: -Bebed de él (pasando el recipiente entre todos los ahí reunidos), pues esta es mi sangre, la sangre de una alianza nueva y eterna que será derramada muy pronto para esclavizar a la raza humana y perderla, para que en mi nombre se sienten las bases de su propia destrucción. No temáis, bebed todos para que podáis acompañarme. Pronto partiremos a un lugar donde habrá de cobijarnos la sombra por siglos, hasta que no queden otros más que nosotros, ésa es la promesa que me ha sido otorgada y que ahora confiero a vosotros mis amados hijos, mis amados hermanos, mis amados seres. Y vos Mágdala, vos que sois mi predilecta entre las de vuestro género y entre las que he tenido, seréis a partir de este instante mi esposa, así como en la eternidad que nos aguarda.
Todos saborearon del cáliz.
A continuación hizo una abertura sobre la piel de su pecho, desde la garganta hasta el estómago, dejando al descubierto sus arterias y vísceras, y sujetando la piel con ambas manos se abrió por completo enterrando los dedos para después arrancarse el corazón y sacarlo aún palpitante; lo mostró y los exhortó: -Comed todos de él, pues éste es mi cuerpo, mi núcleo, la substancia del nuevo universo que habremos de deferir y que será entregado por vosotros para consumar el pecado.
Con una extraña sensación recorriéndoles las entrañas cada uno probó el fragmento correspondiente, un sabor a edén irrumpió llevándoles al éxtasis y, al terminar, aquel corazón se volvió a regenerar; de nueva cuenta lo introdujo y se aseguró que quedara en su lugar, cada vaso se acopló en su sitio devolviéndole al Mesías el flujo sanguíneo y la herida antes abierta de su pecho se cerró sin dejar cicatriz alguna.
Al apéndice del festín volvió los ojos hacia Judas, quien se hallaba cerca, acariciando su cabeza le ordenó salir, pues él por su parte debía desempeñar uno de los papeles más trascendentales dentro de la historia humana: la traición. La entrega del Hijo del Hombre sucedería a través de su actuar, vendiéndole aparentemente por unas monedas. Sin embargo, Jeshua explicó con serenidad a su adepto que todo debía ocurrir así, tal y como lo disponía el Padre.
-Vos, Judas mi amado amigo, debéis partir en el instante para descubrirme ante los ilusos que me habrán de llevar necesariamente a la Cruz. Con ese acto material y simbólico se signará nuestro destino, pero además representará el comienzo del fin y del nuevo despertar. Ciclos, todo se basa en los ciclos, sólo es cuestión de concebir a la paciencia y al tiempo como las mejores de nuestras armas; ellos, los hombres comunes, los mortales, habrán de cavar su propia tumba y lo harán en mi nombre sin darse cuenta, porque viven dormidos y su escueta conciencia no les alcanzará jamás para averiguar el auténtico propósito.
Todos prorrumpieron al unísono: ¡Que así sea!
Esa misma noche, bajo la luna llena del Getsemaní, el Hombre acompañado de su hueste subió a lo alto para orar, para separarse de los yugos y convertirse en un auténtico dios. Había comprendido al final de aquél tormento cuál era la verdadera Palabra que se le había comunicado desde años atrás. Y en tal alejamiento, en el clímax de su metamorfosis, sudó sangre, ésta manó de cada uno de sus poros y al caer al suelo lo fertilizó con nuevos y extraños frutos, con arbustos que de igual manera se alimentarían desde entonces con una substancia parecida al éter, robando a los humanos parte de su esencia, de su espíritu.
-¡Elohim! ¡Elí! ¡Adonai!
Unas horas después de la meditación, en medio del profundo sueño que había invadido a los apóstoles, una comitiva de adversarios llegó hasta él con Judas al frente, guiándolos hacia su maestro al cual besó en la mejilla para identificarle, llevándole así al juicio ante el Sanedrín que lo conduciría a su ilusoria muerte.
Los pormenores sobre su deceso en la cruz ya también se han referido con insistencia en infinidad de documentos a través de los siglos. Pero debe ponerse suma atención en un hecho, que sucedió sobre el Gólgota, y que toca en particular al Centurión romano llamado Longinus, el soldado que atravesó con su lanza el costado del Cristo en la cruz, puesto que de él sólo se narra éste capítulo en algunos textos apócrifos; es decir, en aquellos que la religión institucional no valida como ciertos, porque esconden demasiada sabiduría que, en manos de iluminados, traería una inminente inestabilidad ante los dogmas absurdos que se han inculcado desde las altas esferas y que además han sido base de los más atroces delitos de la historia humana. Así pues, una vez que se había crucificado ya al Hijo del Hombre, Longinus quedó encargado de la custodia hasta que Jesús muriese; o al menos hasta que sucediera algo similar, puesto que tendría que fingir, hacer que su corazón, al igual que sus demás órganos vitales, dejara de latir. Desde lo alto preguntó a Longinus: -¿Cuál es vuestro nombre soldado?- pero éste no contestó al principio. La usanza prohibía establecer cualquier tipo de diálogo con los crucificados, pues estos eran regularmente asesinos, violadores, rufianes o habían sido juzgados por cualquier otro delito; por supuesto muchos de los llevados a la cruz eran inocentes. Después de repetirlo varias veces el romano terminó por acceder: -Soy Longinus, vuestro guardián y me he de cerciorar que os llegue la muerte, así que calla-. El Nazareno esbozó una sonrisa, sabía que su persuasión era efectiva, a tal grado que se aventuró a continuar. Pasaron las horas, al pie de la cruz seguía Magdalena, su mujer, como un fiel can a la espera de su amo. De pronto, dirigiéndose al soldado, el Cristo exclamó: -Tengo sed.
Aquello era una confirmación de su nuevo estado, sentía verdaderamente sed, mas no de agua, sino de sangre. Tenía horas sin probarla y poco a poco sentía los efectos en su cuerpo; peor que un alcohólico ante el Delirium Tremens. La Magdalena, sumisa como sólo ella podía serlo, hendió un filo cerca de la garganta, los ojos del crucificado se abrieron como iluminados ante un nuevo sol. La sangre comenzó a escurrir, lenta, como un hilillo de río en búsqueda de la mar hasta bajar entre sus pechos, grandes y frondosos. El soldado se hallaba extasiado igualmente por aquella imagen de fidelidad. Tomó su lanza y luego de amarrarle una esponja la empapó en la sangre de la mujer para posteriormente elevarla hasta la boca de Jeshua. Éste bebió y sintió que pronto las fuerzas regresaban. Agradeció al Centurión el gesto y le prometió ser uno de los primeros al llegar a su “Reino”. La misma promesa había hecho esa misma tarde con el par de ladrones que se encontraban tanto a su diestra como a su siniestra. Dimas y Gestas se “elevarían” pronto con él para convertirse en dos de sus más cercanos “colaboradores” en la Tierra.
Cuando la noche cubrió con su manto el horizonte llegó el momento indicado para abandonar aparentemente la existencia. Dejó de respirar, le había pedido antes a Longinus que clavara su lanza en el costado, entre sus costillas, para que así los demás (cuando viniesen) pensaran que estaba al fin muerto.
Lo condujeron al hipogeo donde fue depositado, colocando una extensa roca en la entrada de la misma y dejaron que los hechos continuaran por sí solos.
Cuenta la leyenda que se apareció al tercer día, a Magdalena por supuesto, para darle instrucciones. Poco a poco sus apóstoles también fueron testigos de su retorno y se encargaron de contarlo de boca a oído para que alguien más, con el pasar de los años, se encargara de escribir la historia de la bienaventurada vuelta de un hombre, el Hombre, por el que viviremos o moriremos, pronto, muy pronto, todos…
Ahora, en el clamor de mis últimos días me he atrevido a realizar esta confesión, esperando con ansiedad el regreso de esa horda que habita donde nadie, casi nunca, puede verla; aguardando el levantamiento de los hijos de la noche larga como mi insomnio y la gloriosa venida de aquél que fue cordero y mañana quiróptero que nos redimirá por siempre, para siempre, para llevarnos con él a Su Reino, si es que acaso comprendemos los arcanos… mientras tanto, ahora que vosotros sabéis el verdadero secreto… ¡No les deis vuestras perlas a los puercos!