Han transcurrido ya 73 años desde que apagué las velas y me abandoné al viaje necesario hacia esos mundos infinitamente conocidos en mis insoportables sueños…Pero como es costumbre, partiré desde el principio. Mi nombre, Howard Phillips Lovecraft. Nací un 20 de agosto (hace exactamente 120 años), en 1890, en Providence, Rhode Island, Estados Unidos, donde tuve una existencia reservada y en el mejor de los casos plagada de monotonía, hasta que conocí el poder de las letras a las cuales amé y seguiré amando por siempre.
Mi coincidencia con la literatura fue tempranera, en los albores de mi infancia, producto del legado que mi abuelo conservó en su inmensa biblioteca donde pasaba la mayor parte de mi tiempo fascinado con el pensamiento de extrañas perturbaciones en las prosaicas “Leyes de la Naturaleza” o en la ingerencia monstruosa de insólitos seres en nuestro hábitat familiar; esencias provenientes del lejano espacio exterior o de otras dimensiones que el ojo humano es aún incapaz de concebir. A los tres años de edad, si mal no recuerdo, era transportado mentalmente a las escenas narradas en los cuentos tradicionales de hadas, donde yo fungía como protagonista.
Cuando cumplí cinco, mi persona fue demandada en su totalidad por el mundo clásico de Las mil y una noches, orbe en el que pasaba horas enteras metamorfoseado en árabe recorriendo desiertos y palacios, y ahí precisamente cambié mi nombre por el de Abdul Alhazred, porque algún anciano que ahora se pierde en los crepúsculos de mi memoria me lo sugirió como uno de los característicos apelativos moros. Y muchos años más tarde, cuando la escritura se me había vuelto obsesión frenética, ese personaje cobró vida en mis relatos ocupando su lugar predestinado en el siglo VIII, al que atribuí la integridad del tan temido e impronunciable libro del Necronomicón, a través del cual volverán a la vida los dioses primigenios de la Tierra que tanto han lacerado mi salud mental y física.
No hubo libro, sin embargo, que usurpara mi propio sindicato de fantasía; por el contrario, las vías, altozanos y hasta los olores de mi ciudad natal lo acrecentaron sin medida. Los ventanales arcaicos, los campanarios georgianos y los portones coloniales avivaron mis quimeras en las noches de la luna cornuda y la brillante Casiopea en las que nunca pude conciliar el sueño natural. El siglo XVIII inundó mis venas con su magia inexplicable y me aprisionó de tal forma que las horas, los días, los meses se hicieron segundos en el abismo del ático y las cumbres del sótano atestado de lecturas sin fin y escrituras sin principio latente. La letra surgía entonces como dictada por entidades irreconocibles y, sin embargo, tan esclarecidas y familiares como cada uno de los miembros que conforman mi linaje.
Debo decir igualmente que mi madre fue motivo inconsciente de los estragos que más me han marcado como ser humano. Me vistió de niña hasta que alcancé la vergonzosa edad de siete años, por el simple y funesto hecho de que siempre soñó con tener una nena. Así que yo cumplí tal fantasía y probablemente muchas más que ahora mi memoria guarda en lo más recóndito sin dejar que afloren.
Por todo eso, quizá, aún no encuentro acomodo en esta era moderna y mi teoría sobre el tiempo es que éste es sólo un dogma místico y pasmoso donde otras realidades yacen dormidas en espera de ser incitadas a esta dimensión.
Sufrí mi infancia y adolescencia a consecuencia de la poiquilotermia; una rara enfermedad que literalmente me hizo un “ser de sangre fría” sin poder regular mi temperatura corporal y que me obligó con frecuencia a ausentarme de la escuela. Esto sin duda motivó mis miedos, mis aversiones por las infecciones humanas; pero tocó de un modo muy sutil mi sentido, llaga abierta, de lo sobrenatural.
Cierto es que la mitología griega tuvo sobre mí su respectiva dosis de influencia; dejé de ser árabe y me convertí en romano, obteniendo a la vez una rara sensación de familiaridad e identificación con la antigua Roma, sólo un poco menos fecunda que el siglo XVIII.
Así transcurrí aquella etapa de mi vida, entre literatura, ciencia, sueños perturbadores y un mundo paralelo que ni aún durante la vigilia pude dejar de presentir.
Durante un breve periodo, en el cual pude asistir con regularidad a la secundaria, produje por vez primera historias fantásticas con cierto grado de coherencia, pero acerca de cualquier otra cosa, con toda la seriedad que puede hacerlo un chico de esa edad; posteriormente llegué a la conclusión de que lo escrito por mí hasta entonces no valía la pena y decidí destruir la mayoría de mis relatos cuando tenía dieciocho años. Sólo una o dos alcanzaron un nivel de consideración para mi propia crítica, por lo que de aquellas conservo “La Bestia de la Cueva”, de 1905 y “El Alquimista”, de 1908.
Luego llegaron a mi vida las ciencias, la astrología sobre todo, de la cual era apasionado, así como otras lecturas interminables sobre los acontecimientos del espacio exterior, hechos donde los astros tienen una autoridad sólo explicable a través del sueño.
Mi salud me mantuvo enraizado en casa, sin poder asistir a la universidad, sin embargo el estudio informal y la ayuda de uno de mis tíos, médico erudito, me ayudaron a evitar en mi vida los estragos de esta carencia.
Continué escribiendo, relatos breves, fantásticos, textos científicos y otros tantos relatos oníricos; hacia 1914 ingresé a la United Amateur Press Association, uno de los grupos de escritores de repercusión nacional que publican por su cuenta y critican o alientan el trabajo literario de todos sus miembros. Y fue ahí, en las columnas del amateurismo ordenado donde me dieron el consejo de retomar la escritura fantástica; camino que consolidé hasta 1917 con el nacimiento de “La Tumba” y “Dagon”, cuentos que fueron publicados casi simultáneamente en la revista “Weird Tales”. Además fue ésta sociedad la culpable de que yo estableciera los contactos necesarios para mi primera publicación profesional en 1922.
Pocos años después nacieron, lo que muchos han considerado como mis mejores obras: “La Llamada de Cthulhu”, que daría comienzo a los relatos y mitos en torno a esos pretéritos dioses, “El Caos Reptante”, “El Horror de Dunwich” y otras alucinantes narraciones plagadas de mis impresiones arquitectónicas y paisajistas de viejas ciudades coloniales ocultas y senderos que quizá no sólo existan en mi imaginación, y sean el resultado de la memoria de otras vidas.
Siempre ha sido evidente para mí que cualquier virtud literaria real que posea se debe a mis cuentos sibilinos, de extrañas sombras que adquieren vida propia, así como la exterioridad cósmica con la que supongo mantengo una comunión extraordinaria; pues yo sólo soy el vehículo para comunicarla al resto de los seres humanos a través de mis libros; porque sin duda lo que es está y existe.
Nunca escribí si no sentía el poder de la instantaneidad, de lo espontáneo; si no sentía que podía expresar los sentimientos ya existentes, pero que exigen su cumplimiento. Muchas de mis narraciones implican la realidad de lo que he visto, gozado y sufrido (sobre todo esto), en mis sueños y de lo que he experimentado durante la vigilia. Mi manera de escribir varía en muchos casos, pero sin duda, he podido escribir mejor durante la noche en la que brilla la luna cornuda; he podido observar el brillo extraño de Aldebarán, el fuego eterno de Casiopea, así como otros tantos enigmas que yacen en silencio en lo ulterior del abismo espacial.
Finalmente, estoy convencido de que la escritura fantástica ofrece un campo de trabajo serio, nada indigno de los mejores artistas literarios, pero refleja solamente una diminuta sección de los infinitamente complejos sentimientos humanos. La ficción espectral debe ser realista y centrarse en la atmósfera; confinar su salida de la Naturaleza al único canal sobrenatural elegido, y recordar que el escenario, el tono y los fenómenos son más importantes para comunicar lo que hay que comunicar los personajes y la trama. La gracia de un cuento verdaderamente extraño es ser simplemente alguna violación o superación de una Ley Cósmica fija, una escapada imaginativa de la tediosa realidad; por lo tanto son los fenómenos más que las personas los “héroes” lógicos. Los horrores, creo, deben ser originales: el uso de mitos y leyendas comunes es una influencia debilitadora. La ficción publicada actualmente en las revistas, con su orientación incurable hacia los puntos de vista sentimentales convencionales, estilo enérgico y alegre, y artificiales tramas de “acción”, no puntúan alto. El mejor cuento fantástico jamás escrito es probablemente “The Willows” (“Los Sauces”) de Algernon Blackwood.
Ha transcurrido mucho tiempo (bueno, desde su perspectiva, sí desde la perspectiva de usted, amable lector). Donde estoy, a donde he venido y desde este sitio en el que narro, el tiempo no existe. Estoy en busca de algún método que me permita comunicarme una vez más con el “mundo de los vivos”. Todavía no lo encuentro pero sé, muy en el fondo lo sé… el destino encontrará la manera.
A pesar de su vasta producción retórica, Lovecraft fue casi ignorado por la literatura mundial mientras vivió; sólo un grupo reducido de amantes del relato fantástico lo consideró digno representante del género. Sin embargo, y gracias a August Derleth, amanuense, admirador y corresponsal suyo desde 1925 la fama del maestro del horror creció y se expandió por todos los rincones del orbe tras su deceso, para ocupar el espacio que le corresponde, por los siglos de los siglos, en los anales de la historia y de la literatura.
Lovecraft abandonó este mundo terreno en las primeras horas del 15 de marzo de 1937, víctima de cáncer intestinal y nefritis crónica, en la misma ciudad que contemplara su nacimiento, dejándonos un virtuoso legado: sus hermosos y sombríos relatos, que para los lectores auténticamente imaginativos son símbolos y signos que abren fastuosos reservorios de recuerdos atávicos, de manera que podemos considerarlo no sólo como escritor, sino como un poeta que hace de cada leyente un soñador.



¡fantástico!
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