viernes 17 de septiembre de 2010

“Se necesita andar rumbo distinto
para salir de aquí
porque a nadie esa fiera
deja cruzar camino.
Es voraz, implacable,
tras de matar y de comer
tiene más hambre, siempre.
Ella gobierna en esta selva
hasta que llegue el vengador
a matarla de rabia.
Será entonces el día en que resurgirá la patria,
nuestro país dolido y sacudido,
nuestra tierra tan largamente lastimada.
Más temprano que tarde, la salvación vendrá
y humillará a la fiera,
y la hundirá de nuevo en el Infierno…”.

Paráfrasis de “El Infierno” de Dante, por Vicente Leñero.


Hay mucho por decir y sigue siendo tan breve el tiempo. Apenas ayer la patria olía aún a pólvora… hoy hiede a sangre. En el umbral de un futuro incierto se erigen las columnas del desprecio de los gobernantes, se enaltece una obra construida a partir de un gran esfuerzo, sí, en ámbitos como la corrupción, el valemadrismo, el desprecio hacia las clases más desprotegidas, la indiferencia hacia el campo o la educación.
La cultura conformista marcha con los siglos, solidaria, cabizbaja, hacia las explanadas para conmemorar un quién sabe cómo, el mismo quién sabe dónde. Ahí sigue el Zócalo de la desgracia generacional, inamovible ante el perjuicio y su propia miseria, ante las convulsiones.
Este pueblo se transformó desde que yo era un niño y aprendí; el mexicano siempre aguanta, aguanta, esa es su naturaleza, ese es el mejor regalo de sus dioses arrebatados por otros dioses que vinieron hasta aquí en bajel desde otras tierras para llenarle los ojos de espejismos, por eso es chido desde siempre; su esencia es soportar la vara, desde los tiempos inmemoriales, la “riata” lo curtió.
Me remito a la idea preconcebida en la cabeza de un tipo que se atrevió a ejercer otra de las características del hombre de estos lares para soportar el hastío: la burla. Luis Estrada nos refleja, a nosotros todos, el pueblo de México, en una cinta que raya el surrealismo o le acaricia las nalgas al realismo mágico, pero que aún con toda su iconografía de los acontecimientos contemporáneos queda lejos del diarismo nacional y la llamada “guerra contra el crimen organizado”. El narcotráfico es su sustento; la violencia agita al silencio imperceptible de los gritos de los muertos. El periodismo nacional, reitero, cobra sentido; otro sentido o el mismo pero visto de otro ángulo, con la misma malicia que nos miran desde arriba y nos tildan de idiotas los que estrujan e intercambian como cualquier producto el Poder, los que saquean para sí mismos y sus proles sin tentarse el corazón.
Hay mucho que analizar en “El Infierno”. Éste Averno no es, para nada, el de Dante. Se llama México, el norte, el desierto, la inmensidad… la nada.
“El Benny” regresa de los Estados Unidos, tras 20 años de “saborear” las hieles del sueño americano, a su pueblo que bien podría ser cualquiera en esta república, para descubrir que las cosas tomaron un giro irreversible. Su hermano muerto, las calles tomadas, los políticos y sus acuerdos tácitos o vitoreados con la delincuencia. Impunidad, hambre, desasosiego y una única oportunidad de brillar. La vida es como un gusano, un reptil que serpentea entre lo “bueno” y lo “malo”.
El “Cochiloco” transmuta entonces en el nuevo Virgilio que le acompañará hacia la búsqueda de “la virtud” encarnada en su cuñada Lupita (la inmarcesible Beatriz), tan llena de “redondeces” y tan carente de amor que a cualquiera se vende.
Resuena por todas partes la algarabía vernácula, la estridencia inconfundible del pudiente que tiene hasta para inmortalizarse en un corrido norteño.
“El Infierno está aquí” sentencia el gordo, sabedor de las circunstancias “y te advierto que una vez entrando no hay vuelta atrás”, redime su condición de víctima-victimario de un sistema cada vez más enfermo.
Pero sin duda, el ejercicio cinematográfico, la simbología magistral, se resume en tres escenas; la aparición de una efigie que sintetiza al cine mexicano por antonomasia: El Texano, breve advenimiento ante la lente de Mario Almada; El Águila ensangrentada: como colofón de una historia que de antemano sabemos no puede extinguirse ahí y el final (el cual no contaré porque es digno de apreciarse en toda su magnitud y crudeza).
La sal a la herida, amén de los cuadros directos en donde se aprecian las enigmáticas figuras de Vicente Fox, Carlos Salinas de Gortari, Felipe Calderón o la mismísima santidad del Papa, es la frase de la máxima autoridad representada por Daniel Giménez Cacho: “La política de nuestro señor presidente es hacer de éste un país de soplones”.Conmemoremos pues el gusto de seguir vivos en un país de interfectos y gritemos esta noche, todas las noches, ¡Viva México!


1 comentarios:

  1. Tan lejos de Dios y tan cerca de... nosotros mismos. Debo ir a ver "El infierno".

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