Quién vendrá en el último instante del último sueño a levantarnos los párpados, a quitar la venda. ¿Será dios con la punta de su ala izquierda o el mismo diablo? Con su ardiente trinche; con su incandescente punta, flecha, cola fustigando la espalda.En qué momento cambió.
En qué época dejó el hombre de ser hombre y se transformó en esa bestia.
¿Cuántos muertos hoy?
Los mismos, los suficientes.
Aún recuerdo, un lapso, no muy lejano, el de mis abuelos. Uno podía salir sin miedo, sentarse en la acera o en cualquier banca de algún parque, levantar el rostro y preguntar sin el horror de mirarnos en la pupila del odio, del terror, de la muerte ¿disculpe, qué hora es?
Esta es nuestra herencia: asistimos a la madurez del raciocinio para contemplar el retorno del instinto voraz, antropófago; el ser devorando al prójimo; el hombre despellejando a su hermano… gen, molécula, sangre de Caín.
Esto lo observó alguna vez un loco, Raúl Barón Biza era su nombre, grande su fortuna, tan grande que la bebió de un solo trago y en su alcoholismo percibió el futuro, éste o quizá algún otro, el de tus hijos. En un arranque de ira vertió en el rostro de su segunda esposa un vaso amargo, ácido, la desfiguró y firmó su sentencia de muerte pues años después ella se arrojaría del balcón, seguida de su hija y más tarde de su vástago Jorge; aquél que cambiando el nombre de sus protagonistas noveló la vida y obra de sus padres para luego, como lo dijera él mismo, sentir el tirón en el eslabón de la cadena. A su primera mujer, la cual falleció en un accidente aéreo, Raúl mandó construirle un monumento de concreto, algo así como 80 metros de amor elevado a través de un antiguo símbolo de origen egipcio al que los no iniciados confundieron con el ala de un avión. Aún se pueden ver sus ruinas en alguna parte de Argentina; en sus entrañas, confiesa la leyenda, mandó enterrar los restos de su amada junto con un cofre lleno de piedras preciosas y joyas. El desperdicio, la inmundicia del alma humana; el derecho de matar… le llegaron en forma de sueño, de premonición o acierto. Tal vez en determinado sitio se cruzan los cables y el escritor admira otro tiempo, por un instante. Esa peste del insomnio es contagiosa y magnánima a pesar de todo. “Todo estaba sucio”, sentenció Barón; el gran Barón incomprendido por los críticos de aquellos años en los que conquistaba fama y alimentaba su demencia, en aquellos días en que lo nominaron “el pornógrafo” por antonomasia, censurado por su propia lengua. ¿Qué diría, qué escribiría si con esos mismos ojos mirara hoy en derredor? “Todo está podrido”… o mejor aún… “hay una esperanza lamiendo el dorso de la vida”. Yo, recuerdo otros tiempos, sin balas, sin venganzas, sin políticos o funcionarios corruptos. Lo recuerdo, aunque no sé por qué… todavía no nacía.



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