viernes 22 de abril de 2011

Año 00

“¡Vamos a las calles a exigir a estos hijos de la chingada que le paren al crimen organizado y a estos cabrones del gobierno que respondan!”


Javier Sicilia.




En el 2000 fuimos testigos del comienzo. El hambre, la rabia, el deseo, arrastrados por años. Las décadas de un hastío paternal contagiado casi genéticamente, grabado en algún sitio de la memoria, obligaron a la gente a confiar en un empresario disfrazado de ranchero, típica efigie del hombre rural alimentado a base de Prozac y ensalzado por una mercadotecnia precisa, encauzada por los cánones del neoliberalismo introducido a México desde EU por Salinas de Gortari en el 94.


En el 2000 comenzó la pesadilla; otro mal sueño, otro mal viaje de las sustancias tóxicas y el humo desbordado de las grandes ciudades. El PAN, ése nuevo PAN devorado por el cambio inminente de una raza amamantada por la opulencia, supo constreñir y explotar, merced a los favores bien remunerados de la máxima televisora en México, una ignorancia mayoritaria fincada en la esperanza. Y fue precisamente el “cambio” eje central del discurso propagado a diestra y siniestra para tocar las fibras más profundas de un pueblo acostumbrado a la mediocridad, al conformismo o a la poquedad casi paternal o más que maternal del añejo gobierno priista.


Pero en su base el PAN también fue trastocado, vapuleado, mancillado para germinar el engendro que hoy venden como imagen aspiracional, utopía del mismo conformismo disfrazado, del México moderno y convidado del capitalismo. Mucho padeció y muchos fueron también los expulsados o autoexiliados durante el proceso que aún no concluye, por el contrario apenas comienza. Gómez Morín y compañía fueron relegados al olvido o al fracaso como fuentes teóricas.


El PAN se empañó y su reflejo hoy es casi idéntico al del PRI más avezado, al del tricolor más fortalecido, al de aquel partido que lo mismo roba o mata, elimina, hace a un lado, quita, arrebata o concede bajo consigna; regala o suministra en bandeja de plata según los intereses, para obtener el Poder.


¿Pero de qué servirá al amo un alto muro para protegerse cuando el vasallo se arme de valor, o de huevos según los protocolos de la raza?


Pienso en la vergüenza de vivir, crecer (o mejor dicho estancarse), en un país como éste. Y no lo digo porque no ame a mi nación, cuna de letras y verdaderos hombres ilustres, sino por toda la mierda que hoy nos rodea y nos hace polvo, por el miedo creciente a permanecer en tierra de nadie o de unos cuantos.


El caso Sicilia representa sólo un clímax, de los muchos que hemos presenciado con los brazos cruzados y miles de incógnitas rondando nuestras pobres cabezas.


Cuando escribo estas líneas lo hago pensando en mí, para mí, reclamándome a mí mismo la pereza, pero igualmente cuestionando ¿de qué putas servirá gritar o tomar las calles aquí y allá? Nada ni nadie devuelve a un hijo muerto, por terrible que suene. Y no hay peor venganza que la no consumada.


Cuando escribo, lo hago con la esperanza de que las letras adquieran el Poder que antaño poseyeron, el de herir como lanza, el de amalgamar como mucílago, el de reivindicar como fe, el de construir como maestro albañil, el de expulsar como fuerza centrífuga, el de clarificar y purificar como el agua, el de revelar como razón, el de curar como pócima, el de abrasar como fénix, el de crear como divinidad…


A ésta, mi patria, le hace falta otra revolución, o finiquitar la iniciada hace poco más de dos siglos.


En el 2006 llegó la tempestad. El napoleónico líder con complejo de Alejandro Magno, conquistador del pendejismo más útil al gran sueño americano.


Si Fox arrodilló a la patria ante Juan Pablo II, Calderón besó la mano del autoritarismo mundial y lustró con la lengua las botas del Tío Sam porque su formación, o deformación, intelectual recibió de aquél el virus más infame de la guerra como motor y pilar gubernamental.


En su enanismo Felipe Calderón, acaso sombra del yanqui que escupe mientras avanza, visualizó la grandeza de trascender la historia nacional como el presidente más bélico, calculando fríamente los estragos: menos mexicanos, menos nacos, menos prietos… igual a mayor riqueza.


En este desvarío especulo además sobre el destino de los intelectuales, dónde andarán, dónde quedaron los Paz, los Monsiváis, los Dehesa, los Rulfo, los Arreola… (a Fuentes mejor ni mencionarlo por ser francés closetero o manifiesto), dónde los hombres y mujeres que sembraron la duda en un campo otrora fértil de ideas y proyectos regionales, dónde pues la pluma tenaz, el trazo firme, la mano cáustica que arrebata suspiros y provoca torbellinos, dónde la abstracción que libera o cuando menos multiplica como milagro de peces y vinos un centímetro de confianza.


Los intelectuales murieron… o los mataron, o simple y sencillamente los silenciaron a punta de realidades y madrazos como el que dio Calderón con los efectos colaterales de su guerra al propio Sicilia.


En el 2000 fuimos testigos… o apenas abrimos los ojos ante un proceso cíclico sin principio ni fin.


2 comentarios:

  1. Necesitamos una revolución sin armas...

    El verdadero mal viene de las tiendas de armas en EU. Cualquier malandrín puede conseguir una buena dotación de cohetes si va a las ciudades de la frontera norte. Tan lejos de Dios...
    Combatir la violencia es impedir que entren armas a México.

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  2. Arevalo, te agradezco que siempre estés al pendiente de lo que publico en este espacio, gracias además por tus comentarios que tanto enriquecen. Efectivamente, ése es el meollo del asunto; los EU viven de las armas y las guerras.

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