Soñé que era un escritor, de esos que se desvelan analizando las cosas del mundo y logrando hacia el final de su existencia obras imprescindibles para el avance de la humanidad. Soñé que cada noche encendía la máquina de la memoria para extraer ideas puras, limpias, sin mácula del mundo o vicios de terciopelo y aromas hereditarios. Una gran ventana, que era como el ojo de un gigante, dejaba pasar un aire enrarecido. Todo afuera manantial de imágenes y voces y piernas largas como carreteras de asesinos solitarios; tránsfugas de la historia jamás contada. Y soñé que de eso escribía. Hasta que una mañana, frente al espejo, la frente me pareció mucho más amplia de lo normal, había en ella un par de brazos intentando surgir. El rostro dentro de mi rostro al interior de mi espejo era como yo pero sin serlo. Sí, algo inexplicable. Catarata de ruidos y fantasmas, deambulando el sueño. Y soñé que además adquiría la facultad de predecir lo escrito por otros. Hasta que el rastrillo hizo lo propio y abrió de par en par aquella frente para dejarme salir. El ansia me masticó al abrir los ojos: la misma ventana; el mismo jardín colgante de visiones; la misma silla; los mismos recuerdos uno a uno viniendo a la gran máquina y comprendí que no era yo, en todo este tiempo, quien soñaba con desvelarse y extinguirse justo al alba. Dios es un pésimo escritor.
Exceso de hashtags
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Todo tiene una etiqueta (hashtag) en las redes sociales. Twitter y Facebook
se llenan de ellas. Los jóvenes franceses apelan a la #frenchrevolutionemulando ...
Hace 15 horas



A Dios se le ocurren cosas smuy raras.
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