miércoles 9 de noviembre de 2011

Mantarrayas

Cuando el abuelo cerró los ojos curiosamente dos estrellas dejaron de brillar en el firmamento. Esto nadie lo notó. Sólo yo que, de algún modo, intuía lo que pasaría aquella noche.



Por la tarde fuimos hasta el mar. Ahí, sobre la arena, con los pies descalzos sintiendo por primera vez aquel prodigio aún tibio las dudas me invadieron.


-Abuelo- pregunté, ¿cómo son las mantarrayas?, ¿a qué huelen, a qué saben?, ¿cómo se manifiestan?



El viejo se había quedado atrás, contemplando no sé qué cosas. Levantando algo que pronto escondió entre sus manos a manera de caparazón.


No hubo respuesta.



Recuerdo el hecho como si hubiese sido hoy.


Hace ya tanto de eso.


Décadas, siglos; la vida siempre ha sido un instante tan eterno.



¿Cuándo perdimos la infancia?



Metros más adelante comenzó a reír.



-Sabes hijo- manifestó con su voz ronca como el oleaje de agosto, todavía eres muy joven, pero cuando crezcas tus preguntas serán seguramente otras: ¿Cuánto debo, cómo pagaré, qué color de auto elegiré, quién será la dueña de mi vida? Y cuando tengas descendencia alguna vez caminarás con ellos por la playa, escudriñando el cielo o el horizonte y tus preocupaciones se desvanecerán al escuchar ¿cómo son las mantarrayas, a qué huelen, a qué saben?


La incógnita más importante en este caso es quién las ha pintado así.



Creció la marea.



Esa madrugada, sin responder… el abuelo fue sorprendido por la muerte.



Aún pretendo clarificar esa extraña manifestación de la naturaleza.

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