La emancipación flotante, palabras crudas. En algún punto de esta ciudad, insignificante, como yo, despierta. Hoy salí temprano, casi al alba. Caminé hasta la estación del metro, en un antiguo aparador de alguna tienda de ropa que contrastaba con la modernidad de las prendas exhibidas logré observar ciertas presencias, mi rostro anciano era igual al de los maniquíes hartos de permanecer de pie por una eternidad sin más retribución que la generación de sueños. Pobreza versus riqueza. La soledad tiende a agotar toda fuerza. Roer mentalmente las reliquias heredadas, sudar el último rastro de humanidad, abrazar la enfermedad. Había un hedor brotando desde el suelo. Llegó el tren, pero jamás lo abordé.
Hace tiempo que visito este café, suele estar vacío a estas horas. La música de fondo es siempre distinta, psicodelia, ritmos ámbar o azules, permite la hipnosis.
Cuadros repetitivos. A veces miro (con el zoom in de mis ojos) las perfectas piernas de las niñas, torneadas a base de obsesivos ejercicios, sus faldas, los pequeños pechos de lámina brotando como flores primaverales pero artificiales, ansiando cada vez más el silicón. Destellos, fantasías, la decoración emanando indescifrables sexos. Todo morbo. Abro el periódico o quizá alguna revista, nada me interesa; los mismos muertos de siempre con otros nombres, la misma basura política, adornos de una época en decadencia. Aquí envejezco, mientras la muerte me lame los tobillos o la sombra. Titulares sin sorpresas. Qué de extraordinario tiene el que una mujer salte al vacío desde las alturas de una torre. Tarde o temprano muchos la seguiremos, justo como ella siguió a los que la antecedieron.
Detrás de aquel anuncio apareció la luna, al principio no presté atención. Fue clave para el ascenso de la mirada y, de pronto, esa ventana abierta revelando los misterios de un encuentro. Exhibición gratuita. Un par de voyeurs perdidos, uno en el otro, clavadas las pupilas en una sola imagen, ancestral, renovada y a la vez tan perenne. La savia, el roce, pieles y frases dilatadas. La espuma del amanecer formando efigies. El sol. Algún día todos los astros brillantes se apagarán, todo volverá al origen. Demonios, ángeles, siempre a la espera de las almas en una lucha bizarra.
Tengo 500 euros, una fortuna… que gastaré sin duda… en putas, tabaco y alcohol.
Elisa no es una mujer, es un cyborg creado por cierta empresa líder en robótica. Ahora tiene los pies descalzos sobre la alfombra. Creo que adquirió conciencia de sí misma. Suele pasar después de varios años, en ocasiones “cobran vida”, me dijeron al momento de adquirirla. Fue todo un reto; armarla siguiendo incomprensibles instrucciones asiáticas, ingresar los softwares: cocina, idiomas, kamasutra, artes. Aceitarla cada noche, limpiarla, recargarla, educarla como a un aprendiz de vida. Y luego un día preguntó con su voz metalizada: ¿qué cosa es la muerte?
-Algo que jamás obtendrás por tus propios medios- contesté con un susurro. Y era cierto, nunca escuché, al menos hasta ese día que un ser de hojalata propiciara su propia extinción. Había una instrucción contundente pregrabada en sus cerebros: ¡No puedes, bajo ninguna circunstancia inmolarte, suicidarte o aniquilarte! Elisa logró, pese a todo, encontrar la ecuación, el código binario para burlar el moderno mandamiento.
Lluvias intermitentes, calzadas mojadas, la luz el tiempo y el espacio rodearon mi silueta. Estoy demasiado asqueado de mí y de los demás, tanto que la próxima vez me negaré a nacer de nuevo.
-What do you see when you see me? I’ see the sea.
Cuestionamientos estúpidos, respuestas vanas. Elisa encendió su radio interno, una arcaica canción inaugural de cierto género retumbó entre sus pechos, firmes como soldados de una nación bélica que jamás fueron a la guerra mas siempre la anhelaron. Afán de intoxicarse al roce de un vestido largo, medias, ligueros y unos tacones que empujan hacia otra existencia. Elisa abrió las piernas, levantó su falda… expulsó un sueño originado en su vientre y aunque lo sabía mío jamás lo reconocí. La cobardía posee diversos rostros, justo como el engaño. Es increíble cuánto puede soportar un cyborg. Desprecio, orfandad, castigo… todo lo soportaba Elisa, sin denunciar, sin alzar siquiera la voz. Pero esa perfección también tiene precio. Lo supe después. Hoy me arrepiento.
Deberíamos decretar como ley inapelable y ecuménica el registro dental, por si morimos calcinados o uno de esos asesinos seriales (auspiciados por la actual presidencia) nos realiza cualquier día de estos un trabajo ex profeso y completo mientras andamos las calles. Caminar aquí se ha vuelto más que peligroso, es un acto real de supervivencia, un deporte extremo. La acera es como un dardo, cuando menos se espera nos otorga un asalto, una violación, un golpe. Cuchillos afilados a cualquier hora del día o cañones sucios, previamente salpicados de sangre, cualquier tipo. Y más vale traer consigo dinero. Los hospitales ahora ofrecen promociones.
Sin embargo, compré un seguro de vida inútil; cubre todo tipo de muerte… menos el suicidio. No lo puedo utilizar para pagar las deudas.
-Me encanta Bet, con ella se construye Bereshit y marca la comunión entre el cielo y la tierra, hombre y mujer, la casa y la pertenencia. Es la dualidad omnipresente del cosmos que todo lo ordena. Apunta al Alef en una esquina, sabedora de su origen y deja abierta siempre la puerta para el porvenir. Atisbó Elisa en otro momento de lucidez creadora.
Pero “esperanza” es una palabra demasiado peligrosa, igual que “ilusión”. De todas formas nunca comprendí del todo la Torá, menos la Kabalah, quizá sólo un poco El Zohar, este sí es un texto de esplendor.
Y en efecto sus palabras, cada letra pronunciada por esa boca tan aparentemente fría cobraba vida cuando las pronunciaba frente a algo que desconocía. Tenía esa magia casi pueril de renombrarlo todo desde su perspectiva.
Hacinados los recuerdos no quedan garantías de cordura. Sé que me repito, quizá para que alguna vez, cuando todo vuelva a ser “normal”, alguien me lea. El futuro es justamente esto, simulación de realidad para el arte del gozo corpóreo. Por fin la carne olvidó aquello que los esperanzados llamaron en su tiempo espíritu, hálito, alma. Importa lo físico, lo palpable, la materia.
Elisa, triste, cargó la escopeta.



¡Esto es una joya! ¡Venga la parte dos! ¡Felicidades! Avísame si publicas el libro físico.
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